A propósito de la Maratón de Nueva York

Correr es tener un pedacito de felicidad al alcance de la mano. Correr es alegría, es compartir, es vivir intensamente, es alegrarse por sus amigos que encuentran también paz, momentos de reflexión y felicidad en la carretera. Ahora, correr una maratón, ni siquiera lo imaginé. Solamente me gusta correr por diversión y salud, esa ha sido la motivación de cada carrera.

NYC, son las 4:15 am. Ya es hora de levantarse. Quizá con algo de ansiedad, con mucho de alegría. Que hermoso sentir que llegó la hora. La calle está vacía a eso de las 5:00 am. Claro es domingo y no es una hora para estar por ahí en la calle. Quizás algún madrugador pasa con algo de prisa hacia su trabajo.

Otros salimos con nuestro uniforme de atletas a soportar un frío como pocos. Son unas dos cuadras hasta la estación más cercana del metro. El viento de invierno se lleva las hojas que se amontonan y ruedan calle abajo, casi todas amarillas del reciente otoño. Y aparece la estación, pero no hay nadie por ahí. Entonces unos 10 minutos de espera se hacen eternos, por qué no pasa más rápido el próximo tren?

Hasta que aparece el que es. Pero la sorpresa sigue, parece que el único pasajero soy yo. Pasan algunas estaciones y por fin aparece otro atleta. Por qué el año pasado había tantos y hoy no? Será este el tren correcto? Hasta que al llegar a la estación requerida se reúnen varios cientos de atletas. Qué alivio. Y en la estación del ferry, letreros digitales pasan dando la bienvenida, y la hora!

Claro! Es una hora más temprano. Anoche cambió el horario y estoy una hora adelantado. Los que me he encontrado entonces son los que salen en olas antes que la mía. Pero en la estación del ferry todo es camaradería, unos pasan corriendo a subirse al próximo barco. Otros nos lo tomamos con calma. Y hasta hay que aprovechar la hora para pedir un espresso. El running y el café van bien. Son buenos compañeros.

Llega entonces otro ferry y ese es el que decido tomar. Paso junto a la dama más famosa de Nueva York, que irrumpe en medio del viento frío. A tomar fotos del momento. A lo lejos la silueta de los edificios dibuja una ciudad que no duerme. New York, New York viene a mis pensamientos. Frank Sinatra y Liza Minnelli en la memoria hasta que en unos minutos llegamos al otro lado. A Staten Island. Y ahí miles de atletas y decenas de buses en larga fila. Se llenan rápido, pero igual llegan más. No hay que esperar mucho. Menos mal porque el viento frío ataca a cada momento. Una multitud de corredores comparte esos momentos y la mayoría hemos aceptado el consejo de la organización: llevar algo abrigado para usar hasta el momento de la salida. Veo batas de baño con algún hueco producto de años de uso, de esas bien esponjosas, chaquetas gruesas, sudaderas viejas, bolsas de basura apenas con el hueco para sacar la cabeza, otro más ingenioso trajo un sleeping viejo y lo perforó y saca la cabeza, que lleva con gorro. Yo, solo con una sudadera que vendían en la Expo a un precio especial, brrrr, casi no abriga. Pero el año entrante me traigo una chaqueta bien abullonada, pienso.

Después de unos 5 kilómetros de marcha lenta del bus, llegamos al destino. A buscar mi zona. Es la naranja. Fácil, hay bastante señalización y muchos voluntarios. Qué cantidad. Y policías por todos lados. Debe ser por Boston, pienso. Llego a mi zona y como voy temprano debo buscar un lugar para evitar el frío. Hay muchos acurrucados contra las paredes de las edificaciones del lugar. Y veo el espacio perfecto. Ahí en medio de dos grandulones que hacen las veces de muro de contención. Otros, ya acostumbrados al viento helado, deambulan con sus disfraces de invierno y hacen algunos trotes y saltos y estiramientos en el espacio abierto del parqueadero desocupado en el cual estamos.

Y suenan los primeros cañonazos. Son los élites que van adelante. La euforia se contagia y aumenta el ritmo del calentamiento, poco a poco, cada uno deja su sitio de trinchera y busca su entrada asignada según el tiempo esperado. Miles estamos ya en movimiento. Uno tras otro escuchamos los cañonazos de las diferentes olas. Y listo, junto a los buses, y a la larga fila de cajas para botar la ropa que nos ha protegido del frío se ve el aviso de largada.

A correr!!

Es largo ese Puente Verrazzano. Cuando vine en la excursión que ofrece la organización hace un par de días no parecía tan extenso. Seguro es por ir en bus. Pero ahora el viento frío sopla con fuerza y hay que agarrar la gorra antes que vaya a dar al mar. Al final del puente aparece una multitud y músicos que ayudan al ambiente de fiesta.

Y llegan las calles llenas de vecinos que hacen lo mejor por animar a sus coterráneos. Alemanes, franceses, holandeses, mexicanos, hondureños, argentinos, africanos, venezolanos, colombianos y muchos otros. Cada uno a su ritmo. Unos más rápidos, otros más lentos. Llegan las calles, pequeñas subidas, algunos puentes cortos, gente, bandas musicales, predicadores de iglesia, barrio de judíos, más gente, largas filas de carpas donde reparten agua y después vienen las de Gatorade a lado y lado, bananos, cascos de naranja, y más gente, Nueva York en pleno celebrando su emblemático evento. Cada municipio de los 5 que conforman la ciudad trata de mostrar lo mejor: Staten Island, Brooklyn, Queens, El Bronx y Manhattan.

Pasamos el puente y tomamos la Fourth Avenue de Brooklyn, larga, larga y enseguida Lexington Avenue, Williamsburg, Greenpoint y a la vista el Queensboro Bridge, que es un alivio pues ahí llegamos a Manhattan, tan pronto se termina el puente se nota la magnitud del número de espectadores y al tomar la First Avenue hacia el Bronx, aparecen más y más y así por toda esa amplia y larga avenida. Luego el retorno en la 138 del Bronx y comienza el conteo regresivo hasta llegar a la esquina norte del Central Park en la calle 110 con Fifth Avenue, de ahí tendremos que ir hasta la calle 59, que es la esquina sur del Central Park, son varios kilómetros y al entrar al parque, como en la 86, comienzan las rampas que hacen su trabajo: terminan la última reserva de energía. No tengo más remedio, caminar algunos metros en varios tramos y seguir, ya casi, falta poco. Por qué me metí en esto? No vuelvo a más maratones. Aguanta. Ya casi. Aguanta. Otros metros y muchos colombianos animando. Al llegar a la 59, casi se ve la meta, uno sabe que está a la vuelta de la esquina, último kilómetro, la alegría, las lágrimas de muchos, el apoyo de sus familiares en los puntos acordados, y el mío también. Qué felicidad encontrar a mi adorada y amada Lili a unos 300 metros de la meta, aguantando el ventarrón frío y con nariz congelada. Pero ahí, en medio de la gritería de los demás, que por miles acompañan a sus corredores.

Últimos 200 metros, la meta, la alegría que llena el cuerpo, la medalla, las felicitaciones de otros que llegan, las fotos, no hay tarima de animación, aunque sí hay altavoz y bienvenida en muchos idiomas, y a caminar por el parque hacia la salida. En ese trayecto, que es largo (unos 15 minutos) se congelan las piernas, y el cuerpo comienza a sentir y mostrar la fatiga, hasta que la hipotermia que me pone a temblar. Entonces voy a dar a la carpa de reanimación. Parece un hospital de guerra. Muchísimas camillas en el piso, cada una con su paciente: masajes, caldo de gallina, chocolate y frazadas hacen que en unos 10 minutos llegue la recuperación.

Otra vez al parque y a salir a la 8th Av., que es la del costado occidental (la 5th Av. es la del costado Oriental), a reclamar el famoso poncho, que es de los mejor pues con el frío que hace cae perfecto. Y luego… por el Lincoln Center, lo que completa el día: un espresso!!

Cada carrera es diferente, pero el ánimo sigue siendo el mismo. Gracias 21Korredores por su apoyo, gracias a todos los que me han enseñado el coraje de resistir y que ahora están dispersos en muchos clubes, o solos, a la distancia uno se acuerda de sus compañeros y de la App que muestra la localización por donde uno va. Y es una alegría (y a ratos una pena por no correr más rápido) saber que a miles de kilómetros están unos compañeros que han pasado también por esa misma experiencia, no importa que sea en Medellín, Múnich, Chicago, Tokio, Buenos Aires, NYC, NJ, Barcelona, México, Estocolmo, Berlín, Boston, Sopó, Miami. Son 42 km de pensamientos, de voluntad para terminar, de lucha interna para no desfallecer, de conocerse aún más, de apoyar a otros que están peor que uno, de recibir el aliento de los más rápidos, de ver caras de sufrimiento y de alegría, de ver locos que corren con su uniforme de trabajo (bombero o militar son los que más se notan), de los otros que corren con disfraz de salchicha, piña, cerveza, salsa; de los que se casan durante el evento o de los que en plena luna de miel van igual que los demás, aguantando los kilómetros pero felices con su letrero de “Recién casados”. Son muchas las historias, los momentos vividos, que son como la vida misma: llenos de emociones intensas, de frustración en algunos casos y en la mayoría llenos de alegría y gozo. Hay que correr una maratón, pues de allí se sale convertido en otra persona.

Camilo Lopez
Bogotá 26 de Octubre de 2018.

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